¿Existe el ritmo perfecto? Pues no exactamente. Algunas situaciones exigen un ritmo rápido, mientras que otras veces es prudente ir más despacio y asegurarse de que el oyente sigue con usted.
Hablar demasiado deprisa puede fatigar a los oyentes que intentan seguir el ritmo del orador, lo que a su vez significa que éste no está transmitiendo eficazmente su mensaje.
Hablar demasiado despacio, por otra parte, puede hacer que el oyente se aburra y desconecte, lo que de nuevo se traduce en una comunicación ineficaz.
También hay grandes variaciones en la rapidez con que se hablan los distintos dialectos del inglés. ¿Sabía, por ejemplo, que los hablantes de inglés neozelandés hablan más rápido que los hablantes de inglés americano estándar?
Ayudamos a nuestros clientes a aprender a modificar su ritmo de habla para hablar con más claridad y ser comunicadores más eficaces, independientemente de con quién estén hablando.